Acierto a levantarme y la oscuridad es absoluta. No veo ni mis manos. Es extraño sentirte atrapado en la impotencia de no ver nada. Me siento ciego y torpe. Por mucho que se dilaten mis pupilas no veo un hilo de luz por ninguna parte. Tropiezo con restos metálicos, me voy al suelo, piso cristales, me he dado de bruces en el suelo y he caído en blando. Tengo la certeza de que algo así de duro y blando sólo puede ser una persona obesa, sangrando, muerta, está fría. Parece una mujer, me levanto apoyándome en sus inmensas tetas. Recuerdo haberla visto reñir a su hijo antes de quedarnos a oscuras.
El estruendo desaparece paulatinamente de mis oídos, aún escucho en mi memoria los susurros, lo que queda de los gritos, los golpes, los cristales rotos, el viento que se cuela, las chapas metálicas crujiendo, arrugándose, cediendo, las piedras y el silencio. Se van difuminando los horrores de los sonidos y sólo quedan crujidos intermitentes.
Camino hacia ninguna parte, no veo absolutamente nada. Mi mente se va despejando, al fin se me ocurre echar mano al móvil. Al trasto le cuesta encenderse, no es que le cueste, es que no se enciende. Es un aparato inservible. Pienso que habrá sido por el golpe que ya no funciona. Se habrá estropeado la batería. Un teléfono móvil sin batería me parece tan útil como una piedra. Vuelvo al cuerpo de la gorda, hoy en día todo el mundo lleva teléfono móvil. Le meto mano buscando entre sus pliegues y ya no sé si rebusco entre sus ropas o entre sus tripas, porque de cualquier manera, está empapada, imagino que de sangre, puede que también de orina. Los olores son tan desagradables que me han saturado el olfato impidiéndome discernir uno de otro. Por fin doy con el chisme. Da igual, no hay manera, comienzo a desesperarme, tampoco se enciende. Por primera vez detesto no ser fumador. Tampoco la mujer lleva mechero. En el vagón no había nadie más aparte de mí, la mujer gorda y su hijo, que Dios sabe dónde estará. Cierro los ojos, como si así fuera a ver mejor, o a concentrarme más. Trato de dibujar en mi mente cómo era la distribución del vagón antes de todo. Era un vagón como cualquier otro, con su pasillo central y los asientos a los lados. Busco el pasillo e intento caminar hacia alguna de las puertas de los extremos. En el corredor hay más obstáculos que ausencia de ellos. Piso algo redondo, esférico, como un melón con pelo, resbalo y me amortigua un cadáver. He encontrado al hijo de la gorda. Grito, no por asco ni miedo.
Me he cortado la mano. ¡Joder! No es un corte demasiado profundo, me chupo la herida y trago mi sangre un rato. Me he cortado al intentar levantarme. Palpo el cadáver con más cuidado esta vez y descubro un enorme cristal atravesando el fiambre. Creo que es en el estómago donde se le ha plantado el vidrio, o en el pectoral, no estoy seguro, es tan pequeño su cuerpo y yo tan ciego. No es que me importe. Prosigo, busco una salida. En cualquier otro contexto buscaría la luz, pero no hay claridad por ninguna parte, no existe en este mundo.
Al fin he llegado a un extremo del vagón. Trato de abrir la puerta, lo intento, lo fuerzo, me esfuerzo, gimo, grito, me frustro, no hay manera, ¡Joder! Le doy una patada, un empujón, la trato con cariño, con odio, con ternura y con rabia después. Da igual, se me da peor que el cubo rubik. Ese cubo de mierda acabó en la basura. Hay gente que no se rinde. Yo no soy de esa gente. Yo me rindo, me esfuerzo, pero me rindo. El cubo rubik acabó en la basura dos semanas después de Navidad. No fui capaz de juntar más de tres cuadraditos de un mismo color. Puto cubo, puta puerta.
En el suelo he pisado cristales todo el tiempo, tal vez por una ventana pueda escapar. Me meto entre unos asientos, torpe, inútil, llego hasta la ventana. Meto la mano a través de ella y no hay cristal, la luna se ha desparramado por los asientos. Atravieso el umbral con la mano y mis dedos se incrustan en un muro de tierra. Hay toda una pared de tierra, de piedra, al otro lado de la ventana. Esto no tiene sentido. No estoy boca abajo. Puedo caminar perfectamente sin perder el centro de gravedad, salvo por los obstáculos. ¿Dónde demonios estoy? ¿Por qué el vagón está pegado a un muro de tierra? Sólo puedo profundizar la mano hasta la mitad de la palma en esa pared arenosa. Luego se vuelve dura, tiesa, espesa, impenetrable. ¿Qué es esto?
Vuelvo al pasillo del vagón. Estoy solo, no veo nada y las paredes chirrían. Intento llegar al otro extremo del vagón, allí tiene que haber otra puerta. Me tuerzo el tobillo, me caigo, me levanto, no me rindo esta vez, no todavía, quiero seguir vivo y salir por mi pie. Me gustaría sentarme cómodo y esperar a que me rescataran, pero ¿si no vienen? Tengo la sensación de que moriría esperando ser rescatado. Plácidamente sentado moriría de hambre, o asfixiado, o de sed, que me parece más probable.
Ya estoy cerca de la puerta, ¿qué diantres? Ya he atravesado la puerta, no hay puerta, está destrozada en el suelo. ¿El golpe fue para tanto? Yo estoy bien, bueno, sigo vivo, y con el cuerpo anestesiado, no tengo dolor, apenas noto sensibilidad en la piel. ¿Cómo describir lo que hallé en el siguiente vagón? ¿cómo describir lo que no ves? Mis pies no se asentaban con facilidad en el suelo, el suelo estaba inclinado. Pisaba asientos y muertos, fui comprendiendo que el vagón había girado y no pisaba yo el suelo, sino el techo.¿Qué tiene que pasar para que los vagones se arremolinen de esta manera? Hasta ahora no me he preguntado qué puede haber causado esta situación, sólo me he preucupado por cómo salir de ella. Continúo, en este vagón había más gente, al menos he palpado una decena de cuerpos sin vida. No hay voces, ni gemidos, nadie se duele por su brazo roto, ni por su tobillo partido, ni por su pierna seccionada. Me sorprende que yo siga vivo, que sólo yo siga vivo.
Me freno y me palpo el cuerpo, busco heridas. Recuerdo películas de samurais donde una espada silba frente al adversario, que se cree ileso, sonríe, y luego descubre que le han rajado el cuerpo en dos. Podría estar herido y no haberme enterado, no sentir el dolor. Sólo encuentro sangre reseca, el corte de la mano, y sangre ajena. Palpo un bulto en mi antebrazo, duele, debe de ser algún golpe.
Me siento, ¿y si sólo sigo yo con vida? He intentado escapar de nuevo por otras ventanas rotas y sólo hay muros de tierra, de piedra. ¿Y si nadie más que yo sigue vivo? Puede que sólo sea cuestión de tiempo que yo muera. Podría practicar el canibalismo un tiempo, mientras tramo cómo escapar, o espero a que me rescaten, si es que llega. ¿Podría alimentarme de los cadáveres? Si me rescataran y sólo quedara yo y los huesos, ¿qué pensaría de mí la sociedad? ¿Qué pensaría mi madre? Recuerdo una clase de filosofía, el profesor aquel que parecía un fontanero despeinado nos contó que en la antigüedad hubo una docena de guerreros a quienes los enemigos capturaron. No los mataron, los encerraron en un cubículo que construyeron sin puertas ni ventanas, de grueso ladrillo, inexpugnable, era imposible salir de allí. Pasado un tiempo encontraron el cubículo los guerreros de su mismo ejército, temiendo lo peor abrieron una puerta a golpes y horrorizados hallaron que sólo quedaban seis vivos, los otros seis habían sido devorados por sus compañeros. Esos seis supervivientes fueron ejecutados. ¿Me juzgarían por sobrevivir? No creo, no juzgaron a aquellos de la nieve. Pero esa carne estaba congelada, en cambio la de estos cuerpos pronto comenzará a pudrirse. ¿Qué sabor tendrá la carne humana? ¿Sólo yo estaré vivo? ¿Moriré antes de volverme caníbal? ¿Me volveré loco si no me sacan de aquí o no encuentro a nadie vivo?